SB 4.24.65
vikarṣasi tvaṁ khalu kāla-yānaḥ
bhūtāni bhūtair anumeya-tattvo
ghanāvalīr vāyur ivāviṣahyaḥ
La ley de la naturaleza regula la marcha del proceso de destrucción. Por mucho que lo intenten los científicos, los filósofos, los trabajadores, y en general, todo el mundo, en el mundo material no puede haber nada permanente. Un científico necio ha declarado en fechas recientes que llegará un día en que, gracias a la ciencia, la vida será permanente. Otros supuestos científicos están tratando de fabricar entidades vivientes en los laboratorios. De una forma u otra, todo el mundo está tratando de negar la existencia de la Suprema Personalidad de Dios y de rechazar la autoridad suprema del Señor. Sin embargo, el Señor es tan poderoso que, en la forma de la muerte, lo destruye todo. Como Kṛṣṇa dice en la Bhagavad-gītā (10.34): mṛtyuḥ sarva-haraś cāham: «Yo soy la muerte que todo lo devora». Para los ateos, el Señor es como la muerte, pues les quita todo lo que han acumulado en el mundo material. Hiraṇyakaśipu, el padre de Prahlāda, siempre negó la existencia del Señor, y cuando vio que su hijo de cinco años tenía una fe inquebrantable en Dios, trató de matarle. Sin embargo, cuando llegó el momento, el Señor apareció en la forma de Nṛsiṁhadeva y mató a Hiraṇyakaśipu en presencia de su hijo. Como se afirma en el Śrīmad- Bhāgavatam (1.13.47), ese proceso de muerte es natural: jīvo jīvasya jīvanam: «Un animal sirve de alimento a otro animal». La serpiente se come a la rana, la mangosta se come a la serpiente, y a la mangosta se la come otro animal. De esa forma prosigue su marcha el proceso de la destrucción, por la voluntad suprema del Señor. No vemos la intervención directa de la mano del Señor, pero podemos sentir Su presencia en el proceso con que impulsa la destrucción. Aunque vemos las nubes dispersadas por el viento, no vemos cómo ocurre, porque el viento no se ve. De manera similar, aunque no vemos directamente a la Suprema Personalidad de Dios, podemos ver que Él controla el proceso de destrucción. Es un proceso que prosigue su marcha despiadada bajo el control del Señor, pero los ateos no pueden verlo.
